Mina Pilar


Por Gema y Toño.

Que espeleólogo que se precie, sobre todo siendo del foro, no conoce, aunque fuera de oídas como era nuestro caso, la afamada mina Pilar.

El domingo ocho de abril, con una mañana que invitaba a calzarse el mono de Espeleo, Gema, Roco, nuestro amiguete del G.E.T. José y quién os hace de tabelion, nos decidimos por adverar la buena reputación de esta mina.

Llegados a la localidad madrileña de Colmenarejo, ya en sus aledaños, paramos el coche en el parking de la Universidad Carlos III, punto perfecto para disfrazarse y pertrecharse. Desde aquí, nuestra pedestre aproximación de una media hora, tomando nuestros desvíos a izquierdas, nos aboca hasta nuestro objetivo.

Un ediculo en estado ruinoso que cobija el pozo ciego de, según dicen otras descripciones, unos 20 metros, es la referencia fetén de la Mina Pilar. Descenderemos hasta unos restos de construcción palpables en todo momento, y una vez abajo, un mallazo similar al del pozo visto arriba, nos dice que hay que instalar. Un boquete bajo el férreo enrejado y dos parabolt exteriores nos acomodan la entrada al primer pozo. Llegamos a la base de este, la cual es patente oteando desde su boca, en un cómodo rapel de unos 20 metros sin fraccionar.

Con los pies en el suelo y desligados de la cuerda podemos ver tres accesos. El más pequeño, que nos obliga a echarnos al suelo para progresar, es una galería de paredes en tonos cobrizos que finaliza a unos ocho metros. El más cómodo, una galería que gira a la izquierda, se termina tras tomar esta dirección, si bien aquí empezamos ya a ver pinceladas en color azul que subirán la temperatura de nuestro interés por la cavidad. El tercer acceso y continuación de nuestra visita, nos hará descender en rampa hasta un pequeño pozo, de unos ocho metros, con pasamanos de cuerda instalado. Ya en la rampa descendente y a nuestra derecha, las paredes nos brindan unas tonalidades de azul intenso que nos confirman que estamos ante algo meritorio. Este tétrico escenario tipifica el lugar donde nos hallamos sin ninguna duda. Una escalera de hierro, ajada por el óxido, nos acompaña en nuestro breve rapel mientras las raidas vigas de madera nos imponen algo más que respeto. Ya liberados de la cuerda, nos movemos, pasamos bajo una de esas vigas de madera que constatan el imparable ritmo del tiempo, y… bienvenidos al plato fuerte de la Mina Pilar. Bajo nuestros pies, un riachuelo de agua en color verde nos presenta una galería que colmará de magia nuestra vista. Un cromático tabique en la pared izquierda nos congela por unos segundos, cascadas de tonalidades en verde y azul justifican con creces nuestra presencia. Huelga decir que, además de las fotos ya hechas, aquí son de obligado cumplimiento. El paso es fastuoso.
Continuando por esta galería, un hundimiento en el suelo, que se supera con pasamanos instalado al efecto, nos lleva al nivel más profundo, del que sabremos con posterioridad. Tras el pasamanos la galería continua sin que podamos despegar la vista de sus paredes, y en un giro final a derechas nos pone de nuevo en contacto con el nivel inferior mediante un escueto pozo sin instalar. Los reflejos multicolor que emanan de toda la piedra que nos rodea nos tienen entretenidos por un largo rato. Ya de vuelta, accedemos por una gatera elevada, ahora a nuestra derecha, de unos cinco metros que llega a una sala de pequeñas dimensiones y paredes blancas.

El nivel subyacente, que alcanzamos destrepando sin problema desde el pasamanos, sorteando un paso de techo bajo, es una galería de menores dimensiones en longitud a la superior. Ese día estaba inundada y únicamente nos fue posible disfrutar de su umbral. Más que suficiente. Mínimas formaciones en un intenso azul emulaban una cueva ilusoria de lo más tangible.

La Mina Pilar, haciendo honor a su reputación, nos dejó, como a todo el que tenga la fortuna de visitarla, impactados tanto en cuanto una cavidad tan sencilla en dimensiones de tanta satisfacción.

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